Ulrik López Medel y la aproximación inocente
05-08-2024Por: Lia Quezada
Desde Ciudad de México, Lia Quezada reseña la muestra de Ulrik López Medel en el Museo Anahuacalli.

Al entrar, a la derecha, hay cajas de plástico naranjas. El tono –fosforescente, químico– contrasta con el café de las piezas de barro que contienen. Es lo de siempre, o lo de últimamente: hacer que convivan tradición y modernidad. Lo nuevo es que tal vez ya es normal. No es necesario mirar más allá del piso: mis sandalias de plástico rosa –fosforescente, químico– sobre la roca volcánica del sur de la Ciudad.
El Museo Anahuacalli abrió a principios de los sesenta con un acervo de cerca de 2000 piezas prehispánicas. La mayoría fueron extraídas sin guardar registro de su procedencia. Muchas las consiguió el propio Diego Rivera: su segunda esposa, Guadalupe Marín, recuerda las largas caminatas por Teotihuacán a las que tediosamente se unía.
Ulrik López Medel –el artista de la exposición actual, Dos incisivos– se acerca a las culturas originarias como alguna vez lo hizo Diego: subjetiva e ingenuamente. Ninguno de los dos retrocede ante los imponentes estándares académicos. Lo que buscan en el pasado nacional es, más que nada, sus imágenes (sol, manos, flores) y materiales (adobe, madera, papel maché).
La noche previa me extrañó ver tantas citas de Pascal Quignard en el sitio del artista. Me fui a dormir pensando en la decisión de usar visores extranjeros para abordar una cultura propia y cercana. La exposición, desde el texto curatorial, propuso otra idea: “Ulrik reclama la libertad de relacionarnos con la cultura sin entenderla completamente”.
La interpolación de piezas prehispánicas y contemporáneas cobró otro sentido. Me entretuvo el discreto acomodo de las 24 piezas de Ulrik entre los miles de objetos de la colección permanente: el diálogo entre escalas, la elección de colores, el guiño a sus instalaciones anteriores.
Está bien encontrar útil a Quignard. Tratándose de una historia lejana y desdibujada, viviendo un momento de máxima hibridación cultural (Ulrik mismo nació en México, emigró a Puerto Rico y estudió en Estados Unidos), sería una lástima que las únicas personas socialmente autorizadas para acercarse al pasado fueran quienes cuentan con el respaldo del gobierno o la academia.
La exposición podría suscitar una discusión sobre el uso y abuso del pasado indígena. Me parecen más vigentes las que el mismo artista sugiere: qué credenciales se exigen para trabajar qué temas, de qué nuevas maneras podemos relacionarnos con la historia compartida.
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