Todavía a la espera
15-10-2026Por: Elías Leiro
Elías Leiro escribe sobre el último disco de los Strokes y la inevitable caricaturización de los monumentos de la cultura millennial.
El 11 de septiembre de 2001 a las once de la mañana dos aviones tripulados entraron en las torres gemelas y no volvieron a salir. Era una mañana de primavera, el cielo estaba despejado de nubes y yo no había ido al colegio porque era el día del maestro. Tenía seis años y acompañaba a mi mamá a hacer las compras en el almacén del barrio. Bush se enteró del segundo impacto mientras visitaba a niños de mi misma edad en un colegio de Florida. Ese día podría haberse inventado la World Wide Web, el invento más relevante del nuevo milenio y cuya forma final se vería forjada por los acontecimientos de ese martes, pero no fue así. La invención que sí tuvo lugar ese día fue la del Siglo XXI y la red de aparejos que conforman su entramado simbólico.
Un mes después, el 9 de Octubre, The Strokes lanzó su primer disco: Is This It. A esa primera edición le faltaría un tema del tracklist final, obliterado por sugerencia de la discográfica que lo consideraba de contenido sensible para el contexto: “New York City Cops”. El Siglo XXI continuaba inventándose a sí mismo, esta vez con la edificación de lo cool durante el primer tramo del milenio. La música de guitarras volvió a ponerse de moda y la imagen de la banda neoyorquina se estableció rápida e irremediablemente como el canon de lo que cualquier joven quería ser.
Veinticinco años ya pasaron desde el 2001. El tiempo cambió, las cosas se repiten de formas diferentes y otras nuevas, impensadas, aparecen como irrupciones anómalas. Desde ese momento The Strokes lanzó cinco discos con diferentes niveles de éxito. El rock –a pesar de su vuelta al mainstream con la irrupción de bandas como Geese el año pasado, revival que incluso llevó a Charli XCX a hacer un disco que “es de rock” o “suena como los Strokes”– pasó de moda, ahora el rap/trap/hiphop es el símbolo no solo de lo que significa ser cool y de la imagen que los jóvenes quieren replicar sino también el espacio en el que las mayores experimentaciones formales tienen lugar. Aún así la banda neoyorquina, y en particular Julian Casablancas, siguen configurando un referente para gran parte de la población: la misma parte compuesta por los que antes eran jóvenes y tenían su edad, ahora entre los treinta y cuarenta, el grupo demográfico inserto en la categoría de millennial.
Entonces estamos en 2026. Estados Unidos sigue invadiendo países con recursos valiosos bajo el pretexto de traer la buena nueva de la libertad. Argentina atraviesa, otra vez, una crisis, y los Strokes acaban de sacar un nuevo disco. Los niños que en 2001 tenían seis años ahora son adultos de treinta y uno. Dice la nueva canción “Psycho Shit”: “You kill your prey from your nest / From behind a desk, psycho shit / You have no honor or no balls” (“Matás a tu presa desde tu nido / Desde detrás de un escritorio, psicópata de mierda / No tenés honor ni pelotas“). Un hombre de cincuenta años escribiendo esas líneas es desmoralizante, más aún si ese hombre resulta ser el líder de la banda de rock más importante del siglo XXI, y sobre todo si esos versos están en el clímax del primer tema de su nuevo disco.
El 21 de abril comenzó la campaña publicitaria de Reality Awaits en el famoso, viral y new york cool telediario de Instagram Subway Takes. En el programa de entrevistas conducido e inventado por Kareem Rahma —alguien que, como la artista e influencer Mackenzie Thomas señala en el episodio que la tiene como protagonista, “quiere parecerse a Julian Casablancas”— sentado en una formación del subte de Nueva York, el frontman de los Strokes da su primera opinión controversial: “Basta de mensajes de voz largos”. Bastante bien para empezar, una opinión que puede generar opiniones enfrentadas pero que no ofende a nadie. Al segundo hot take lo precede el pedido de Rahma de que “le suba un poco el volumen”. El cantante dice entonces: “Los autos modernos son los peores”. Ok, estoy de acuerdo. La opinión que le sigue, pronunciada casi en un balbuceo: “Conservadores y progresistas deben unirse y crear un partido populista de consenso, ajeno a las grandes corporaciones, para luchar contra la verdadera agenda de los villanos, esa camarilla de multimillonarios”. Acá la discusión se pone un poco interesante.
Kareem Rahma le responde, de manera elocuente, que lo que él está proponiendo es una perspectiva de representación política desde la idea de clase y que el bipartidismo estadounidense ha generado una confusión en la que el amplio espectro de la clase trabajadora pelea entre ella cuando en realidad lo que debería suceder es que el pueblo debería revelarse contra los “ricos”. “Bueno, quizás no contra todos los ricos, contra los ultra ricos”, aclara el conductor cuando nota la incomodidad de Casablancas. Después el cantante se corrige y dice que el tema es más complejo y que en realidad lo que quiere decir es que “los ricos o los billonarios deberían poder serlo si quieren pero que no deberían meterse en la política más que para ir a votar y que su fortuna privada no debería mezclarse con el estado”. Mmm, ok.
Después viene el final y cuarto hot take antecedido por la pregunta del cantautor (“¿querés la más controversial?”) y el exagerado (y falso) reconocimiento de las posibles consecuencias de lo que está por decir le puede traer: “Fue bueno tener una carrera”. Su disruptiva última opinión es: “Los sionistas estadounidenses tienen los beneficios del privilegio blanco pero hablan como si fueran negros durante la esclavitud”. Ahí está, la opinión más polémica es, sorprendentemente, la opinión más políticamente correcta desde una perspectiva progresista en el panorama de Estados Unidos, y diría, a nivel global.
Unos días antes, tres para ser exactos, The Strokes había cerrado su presentación en el Coachella tocando “Oblivius” mientras en las pantallas pasaban visuales que denunciaban la complicidad de Estados Unidos y la CIA en diferentes campañas de desestabilización de gobiernos de izquierda en diferentes partes del mundo. Desde Irán a Guatemala y desde el Congo a Chile la agencia paramilitar yanqui había intervenido en cambios de regímenes extranjeros. El final del video mostraba el último bombardeo de las fuerzas armadas de Israel sobre un hospital de niños en Gaza mientras Casablancas le preguntaba al público en el estribillo: “¿De qué lado están?”.
Tres meses y dos singles después sale Reality Awaits el séptimo disco y el sucesor de The New Abnormal. Me resulta esperanzador cada vez que un hecho cultural es tan esperado y produce tal revuelo. Ser contemporáneos a momentos que constituyen y conmueven de forma obvia la cultura es un milagro, incluso con aquellos productos pop cuyas características no me apelan y que posiblemente no disfrute. The Strokes es la banda de rock más importante de la contemporaneidad. Construyeron la idea de lo cool: insisto en esa palabra porque cualquier palabra suena escasa, errada, para definir el tipo de impacto cultural que tuvieron. De la definición de coolness de Wikipedia, la dimensión más relevante es la de la “autonomía” según la cual los que cuentan con esta cualidad no dependen de ciertas normas o expectativas sociales y de comportamiento pre-existentes, por el contrario, forman su propio marco sentido que luego puede volverse popular. Algo más: lo cool está históricamente determinado, tiene fecha de caducidad, dura lo que dura el presente. A nivel musical, los Strokes definieron la etapa de prevalencia del rock como género masivo antes de ser totalmente destronado por el hip-hop y las variantes de este. En el periodo comprendido entre 2001 y 2011 surgieron y alcanzaron el éxito bandas que, con estilos diferenciados entre sí, fueron influenciadas directamente por la banda neoyorquina como Yeah Yeah Yeahs, The Vaccines, Franz Ferdinand, Bloc Party, Gossip, Tame Impala, The Killers, The Kooks y Arctic Monkeys por nombrar a las más reconocidas.
La banda neoyorquina es consciente del lugar que ocupa en la historia. No podría precisar desde qué momento, posiblemente desde el principio. El éxito repentino y el cambio en las formas en las que uno es percibido generalmente otorgan, en los mejores casos, mucha autoconciencia. Ese conocimiento del lugar histórico que ocupan se manifiesta en las portadas de sus últimos discos. En The New Abnormal eligieron la pintura “Bird on Money” (1981) del también neoyorkino Jean Michel-Basquiat: una pintura sobre el máximo exponente del jazz (la única forma de arte verdaderamente original de Estados Unidos) realizada por el máximo exponente, visto desde el presente y considerando la reproducción de su imagen, del arte pop.
La portada de Reality Awaits es una de las re-fotografías de Richard Prince realizadas a partir de publicidades de cigarrillos Marlboro en la que se ve a un vaquero cabalgando hacia el horizonte. No hace falta explicar la connotación de esa imagen, realizada por el artista norteamericano vivo más importante, para la mitología estadounidense. Ellos dicen lo que creen ser, son lo que creen y saben que tienen razón. Ya no son jóvenes rebeldes y cancheros, ahora son adultos sofisticados hablando. Sin embargo, el exceso de autoconciencia conlleva sus riesgos, en particular la caricaturización.
Suficiente contexto, ahora a la música. En este momento del texto quiero aclarar que no soy crítico de música, de hecho estoy muy lejos de ser considerado “melómano”, esta aclaración no es un salvoconducto para restar valor o liberar a mis palabras de responsabilidad. La aclaración vale, únicamente, en lo que respecta al hueco en mi lenguaje de nociones técnicas para referirse a las cosas que conforman el universo material de las canciones.
“Psycho Shit” es un tema dramático, cargado de teatralidad. Uno puede imaginarse la iluminación puntual sobre la banda, la capa y la máscara sobre la mitad del rostro de Casablancas al cantar, la penumbra en la que las letras de su voz salen expedidas. Esas consideraciones quedan opacadas por la letra que anima la melodía. Me gustaría pensar que lo patético e inmaduro de esa letra es una caricatura consciente. Un motivo suficientemente bueno que justifique las líneas citadas unos párrafos más arriba sin incurrir en sobre-interpretación o sobre-justificación. Por otra parte, ya en los primeros segundos aparece el rasgo que definirá al disco: el autotune. Segunda aclaración: amo el autotune, me parece uno de los mejores inventos en el terreno de la creación artística. ¿Cómo podría despreciar una herramienta que otorga mayores posibilidades de experimentación formal en la música? ¿Qué personas sin “talento” vocal puedan ser cantantes exitosos? Las grandes canciones del Siglo XXI cuentan con él, entre ellas Instant Crush del dúo Daft Punk interpretada por Julian Casablancas con su voz modificada por el efecto robótico.
Dicho esto, el autotune sí presenta un problema en el último disco de los Strokes. Ese problema es que su uso parecería ser su único elemento distintivo. En el álbum de 2020, la banda había logrado cambiar su sonido con éxito. Más pop, más cerca de los hits y más lejos de las canciones ásperas y veloces que los definieron. El problema es que Reality Awaits es el disco del autotune y con eso no alcanza. Sobre todo cuando su uso parece alejado de cualquier tipo de control o mesura. Hagan el intento de escuchar el primer single, la balada “Falling out of Love”, cercano a lo inescuchable.
El segundo tema del disco, “Dine N’Dash”, reúne las características más atractivas de la banda: un riff pegadizo, la voz rasposa de Casablancas gritando y lamentándose y el loop de la batería que parece hecho con una caja rítmica. La primera vez que lo escuché me abordó una sensación de confianza por el futuro. Después de todo, como un amigo me dijo el otro día, “sin los hits, los strokes están perdidos, ellos hacen hits” y esta canción no es otra cosa que un hit. A ese le sucede Lonely in the Future, la que para mí condensa el gran problema del disco y que, otra vez, se vincula a la autoconciencia y la caída de esta en la caricaturización. En los temas anteriores ya habían comenzado a expresar sus visiones políticamente comprometidas, visiones que reaparecerán más adelante en forma de quejas sobre el consumo y del uso de la IA. En Lonely in the Future sólo se hace cargo de su lugar en la cultura pop: “I did that yesterday / I heard that years ago, when I was a kid / I didn’t wanna do it years ago, but I did / I did that yesterday, when I was a kid” (“Lo hice ayer / Lo escuché hace años, cuando era un niño / No lo quería hacer hace años, pero lo hice / Lo hice ayer, cuando era un niño”). A continuación critica a The Weeknd por robarle su estilo, nombra hits de los primeros discos de su banda y ataca al crítico de música Fantano. Lo que para algunos parece lógico y no debería ser explicado a veces parece ser necesario: un componente consustancial a la idea del ser cool es no demostrar todo el tiempo que te interesa serlo.
A partir del cuarto track el disco pierde cualquier tipo de atractivo. Cualquier canción podría ser cualquier otra y cualquiera de ellas desaparece de la mente en el segundo posterior a terminar, quedando automáticamente en el olvido. Realmente intenté recordar cómo suenan algunas de las canciones, lo escuché cerca de cinco veces y sigo sin lograrlo, es un intento sin sentido. Tampoco importa.
El viernes 22 de febrero de 2002, Ricky Espinosa escribía en el ya difunto Suplemento Si su opinión sobre Is This It:
¿Esto era? Ya lo escuché mil años antes y mejor por Velvet Underground… Hace un par de meses vi un video y me gustó pero creí que era una banda de la época de los Stones que había sido ignorada en su momento… O por ahí los hibernaron, como a Walt Disney… Es un nuevo-viejo producto. Me llama la atención que en el booklet no diga quién compone, así que me quedo sin saber si son covers o plagios encubiertos… Igual, me gusta mucho la imagen que tienen.
Tres meses después, el 30 de mayo, Espinosa se arrojó por una ventana después de ganar un partido en el Winning Eleven. Brian Eno, en una entrevista, dijo sobre el primer disco de la Velvet Underground: “El primer disco solo vendió diez mil copias, pero cada persona que lo compró formó una banda”. El comentario no es comparable, el primer disco de los Strokes vendió dieciséis mil copias solo en la primera semana y aunque no todos los que lo compraron decidieron armar una banda, sí la mayoría vio en ellos una nueva imagen a la que aspirar materializarse.
Es natural ver el envejecimiento de los ídolos como una derrota, una caída en desgracia. No lo es. Está bien envejecer, incluso si eso implica ver que lo que uno consideraba cool dejar de serlo progresivamente y ver, al mismo tiempo, como ese proceso también sucede en uno. Después de todo, lo que le pasa a The Strokes es el ciclo natural de las cosas. Los momentos históricos son, efectivamente, históricos. Veinticinco años después no se pueden volver a derribar las torres gemelas, ni volver a hacer Is This It.
