El alma que no muere
15-10-2026Por: Sofía I. Motti
Un recorrido por las últimas telas que bordó Feliciano Centurión. La relación con los materiales, la religión y el género, elementos que se entrecruzan en toda la obra de este artista.
Podríamos armar, con las cuatro almohadas y la frazada, un pequeño altar. Armar un mausoleo en el Cementerio de la Chacarita y dejar reposar en ellas cuatro cuerpos, cubrirlos torpemente con la frazada. Cuando veo las fundas de Feliciano las imagino en una casa mortuoria o en el entierro de alguien que murió muy pronto pero que sabía que iba a suceder. Son inocentes y sombrías, como las tarjetitas que se pegan en los nichos, compradas en algún kiosco de flores o en una librería de barrio. Reposa, Sueña y Soledad, tres palabras que sobre almohadas resultan casi redundantes, anunciando lo que se desea que suceda una vez que te apoyás sobre ellas.
Dicen que cuando necesitás un lugar para estacionar, hay que pedirle a San Miguel que lo encuentre por vos. Tenés que ponerte la mano derecha en el hombro izquierdo y rezar. No tiene tanto que ver con una creencia como con una necesidad, una demanda que encuentra un receptor válido. Creo que Feliciano empezó a rezar porque sabía que algo no estaba bien. Creo que necesitaba una fé que lo acompañe hacia lo desconocido. Creo que Feliciano sabía que iba a morir. Comenzó a despedirse, una extremaunción para cobijarse, llena de plegarias. Bordó oraciones, llamados a Cristo, en su lecho de muerte se entregó al destino inminente.
Bordó toda la vida, desde sus años mozos en San Ignacio, Paraguay, su tierra natal, donde nació en 1962. Lo criaron mujeres, observando al matriarcado que sostenía su hogar, Feliciano aprendió a coser y bordar, a poner una flor sobre un sweater, a hacer un ñandutí con colores o un parche sobre una sábana. La ausencia de hombres le permitió infiltrarse en la tradición femenina y desarticularla, y también dejar que ella lo desarticule a él. Fue el inicio de un diálogo que mantendría hasta el final de sus días, con el Paraguay, la sensibilidad y las mujeres de su vida. Bendito tú eres, Feliciano.
Dejó a sus mujeres y su patria y emigró a Buenos Aires, donde siguió bordando. Bordó los animales del litoral, frases de cariño, y en algún momento empezó a bordar oraciones. Los grandes formatos de sus obras se convirtieron en pequeños pedazos de telas, como fundas de almohadas, y los grandes parches de colores estridentes que hacían de rayas en un tigre o tentáculos de un pulpo, se convirtieron en débiles hilos que escriben palabras.
Las fundas de almohada de Feliciano bien podrían ser telas que alguna abuela o tía bordó una tarde de calor mientras veía en la televisión de tubo la novela de la tarde: Reposa, Sueña, Soledad, ley divina del alma, dos verbos imperativos y dos ideas un poco más abstractas. Podría decir también dos mantras y dos pensamientos. Reposar y soñar, reposar y soñar. Repetirlo hasta morir, en soledad, y que la ley divina de su alma lo ampare, nada más. Si hiciese una fé nueva, las almohadas podrían ser parte del fin del segundo testamento, el martirio de Feliciano, una historia contada en textiles de los últimos días del santo.
Las almohadas no hablan del Sida. Se dice que Dios está en los detalles, y acá se escurre con la enfermedad entre los pedazos de tela. Feliciano bordaba mientras el mundo buscaba maneras de volver el arte plástico en panfletos sobre la salud sexual y el orgullo promiscuo gay. La vagueza militante es quizás su potencia combativa. Una trinchera de lo mínimo y lo mundano: lo llora el artista, lo llora el gay, lo llora también la abuela y la señora de la mercería que le vendió el textil. La universalidad del gesto, podríamos decir. Gabriel Perez Barreiro, curador de Abrigo, la primera muestra individual del artista que se realizó en Estados Unidos, dice que en Nueva York era imposible entender que un artista gay de los noventa sea católico. La militancia sucedía en parte en el rechazo absoluto de instituciones como la religión. Pero acá, en Buenos Aires, o allá, en San Ignacio, el antiguo asentamiento jesuita, lo entendemos. Las almohadas de Feliciano, además de una última confesión en vida, son una deformación de lo espiritual a favor de lo personal, la customización de la fe para uno.
Un cambio en el tono, en la manera de expresarse, en el tamaño de los abrigos que utiliza, y de lo que elige bordar. Como un papa franciscano, Feliciano elige la simpleza y la humildad. Se va liviano, sin cargar con grandes expectativas, o tal vez con una sola, su frazada. Soy el alma que no muere y una cruz debajo de ella, todo bordado con negro sobre un fondo amarillo, casi dorado. El orden en el cual bordó las almohadas y la frazada son desconocidos, pero no es difícil pensar que esta última fue su despedida del mundo. Como las lápidas, que se hacen una vez que el cuerpo deja la tierra.