Atrapar un rumor
04-09-2026Por: Miguel Barbosa
Miguel Barbosa se detiene sobre dos formas de la circulación de información: lo paranoico, con su pasión fatídica, y lo interesante, con su frialdad irónica. Un recorrido del desenmascaramiento cultural que va desde el detective de Poe y los escritores de la revista El Porteño hasta la actual figura del investigador online.
El detective de Poe en “Los crímenes de la calle Morgue” no era un detective profesional sino uno aficionado, una especie de observador obsesivo del comportamiento social. El género policial tiene su génesis en el problema de las nuevas muchedumbres del siglo XIX, que representaban la amenaza de lo desconocido y la posibilidad de resguardo a la vez. Que el primer detective haya sido amateur sugiere, entre muchas otras cosas, que piensa por fuera del pensamiento estatal, que viene a realizar el pensamiento que la policía no puede tener.
Atrapar un rumor al vuelo y tocar de oído son la experticias técnicas de la ciudad, como el rastreador que cuenta con el don para encontrar las huellas en el medio del monte. La crónica a lo Jose Martí tomaba apuntes, con espíritu atento al runrún de lo nuevo, para facilitar una interpretación de lo llamativo y encontrar su sustrato oculto, como cuando escribe sobre el tren entre el miedo y la fascinación. Cuando pasa el tren, “los niños se aprietan a sus madres”. Esa interpretación un poco suspicaz de lo que pasa es la tarea del cronista y también la del detective.
A través de la descripción de la vida común, los periodistas y publicitarios diseñaron, en las revistas, fisiologías sociales que ordenaban el caos. Las páginas de las revistas decodificaron la cultura en información y la información devolvió un afecto frío: el interés. Cuando se pone en el escaparate de revistas, la palabra cultura se puede convertir en ese objeto de interés frío.
Hace algunas semanas, el Archivo Histórico de Revistas Argentinas (AHIRA) publicó el catálogo completo de la revista El Porteño, que existió con intermitencias y distintos equipos de redacción entre los años 1982 y 1993. Hojeando algunos números de su primera etapa (la revista comenzó a publicarse antes de la salida de los militares del gobierno) noto que usan la palabra “cultura” evocando algo monolítico pero informe, algo así como una ideología sin ideología, algo del sentido común y algo del discurso oficial, zonas que en ese momento verían particularmente expuestas o endebles. La cultura así abarcaba casi todo y la respuesta era responderle, y esa respuesta despierta una imagen de conspiración de bar, porque de todo se habla con sospecha. Syms, que era una de las figuras centrales de la revista, escribe en una nota que elige el método paranoico como el más apto para entender la manipulación de “esa máquina mortal que se llama La Cultura”.

La proclamación irónica, la provocación y el cotilleo eran formas esenciales en El Porteño. En una entrevista de los 2000, Fogwill describió la función de la revista: “En aquel momento, la gente que quería tener línea iba a leer El Porteño, punto. Hoy la gente que quiere lo mismo no sabe qué leer.” Atrapar un rumor al vuelo, tocar de oído, tener línea.
En Los espantos, Silvia Schwarzbock lee los discursos de la “sospecha” como una consecuencia de la imposición de una forma de vida regular en el retorno a la democracia: “La filosofía de la sospecha, a partir de 1984, se convierte en instrucción cívica”. Se despliegan sobre los signos interpretaciones amontonadas: la premisa con la que se instruye a la sociedad es la de que la única violencia concebible es la de una interpretación sobre otra, la de la violencia discursiva. Esto resulta en que, en ciertas formas del sentido común, pensar se equipare a desenmascarar, como en en el apotegma a lo revista Sudestada que reza que aquel que se define como apolítico es de derecha. Si la vida en democracia es la vida de derecha, la frase podría ser meramente descriptiva y, sin embargo, se enuncia como revelación.
En muchas ediciones, en la sección de cartas de lectores, se publicaban respuestas a las ofensas de Fogwill (y de otrxs), de parte de gente que pedía derecho a réplica. La bronca con Fogwill se respondía en la sección “El murmullo” (una zona de la revista ocupada por breves comentarios maliciosos, en muchos casos anónimos) con un pequeño comentario titulado “Fogwill no puede hacer chistes”, en el que recoge el guante: “La ironía parece haber abandonado a algunos de nuestros lectores y críticos”.
Estar adentro o afuera parece ser el problema. Esa cultura contra la que se pronunciaban, el sentido común que se mencionaba en las notas de El Porteño, era el sentido que podían intuir que tomaba la historia después de los años de la dictadura, un sentido que todavía era difícil de definir, aunque muchos años después Schwarzbock la pudiera resumir como “la rehabilitación de la vida de derecha como la única vida posible”. Lo que se intuía era, por lo menos, una conclusión definitiva de una manera de pensar que había sido aniquilada. Inauguraban una ironía nueva que buscaba ser un método de interrupción narrativa.
Esa ironía se mezclaba con gestos totalizantes: Syms escribía sobre el psicoanálisis como una invasión, Gumier Maier titulaba que la homosexualidad no existe. La mención a la cultura los volvía no solo contraculturales sino culturalistas, que era la retórica entrante, lo que los volvía observadores ajenos y habitantes, en cuanto la cultura era objeto pero también el medio. Se habla, desde ese momento, desde adentro del objeto sobre el cual se ironiza. La cultura era un murmullo y no se podía definir su alcance. Por eso el método paranoico era el predilecto, al percibir a la cultura en todo y a todo en la cultura. Negar la existencia (aunque irónicamente), rechazar una palabra, es una forma de decir “es solo un signo” y como tal puede estar vacío o, al contrario, demasiado lleno de significado.
La ironía es la forma del espacio entre el afuera y el adentro, el entender y el no entender, que arriesga ofender pero también permanecer en el terreno de lo puramente retórico. En la posdictadura se inaugura el auto desprecio del progresismo en El Porteño y hoy es casi su única forma. La autoironía de un grupo político abisma al infinito una multiplicación de identidades en su interior. La actitud del desenmascaramiento cultural perseveró como fórmula y predomina en el lenguaje, al menos como cascarón. ¿Sabías que…? ¿Y si…? Los textos que avivan circulan exponiendo que los medios se autoconsumen en sus propias tácticas, que su victoria es también su derrota. Las formas de la información mercantilizada en las redes sociales se presentan con una insistencia en el signo como símbolo. Los discursos llamados críticos se señalan como tales, los discursos de sospecha acerca de los medios de comunicación aparecen en todas partes. Hablar sobre cómo funcionan las redes sociales parece ser el acto más “consciente” para el sentido común. En los podcast o los streams de política puede haber gente hablando de algoritmos, métricas y memes políticos todos los días. La última variante de esto es la importación de términos de las neurociencias como “dieta cognitiva”, “soberanía cognitiva”, que se usan para explicar los efectos del uso de las redes sociales sobre nuestra mente. De repente, psicólogos cognitivistas o neurocientíficos divulgadores aparecen en los programas de stream presentados como los tecno-neuro-capos del presente. Santiago Bilinkis, la imagen viva de la clase profesional-directiva, visita cada canal de stream del progresismo de saco sin corbata a alertar sobre las últimas actualizaciones de TikTok y el inminente fin del mundo. El mismo Bilinkis sube luego recortes de sus propias intervenciones, pero las edita con música de suspenso (si no de terror) tipo X-files y llenos de efectos de sonidos de teclados, páginas pasando, letras en un font de “archivo viejo”, glitches, etc.
La expresión de interés, decir “qué interesante” es una evaluación irresuelta. Parece no significar nada, porque sólo postula que eso interesante tiene que ver con algo más y queda suspendido en una indeterminación. La crítica Sianne Ngai propone lo “interesante” como una categoría estética para esta época de saturación de información. La experiencia de lo interesante empezaría en un sentimiento de asombro o curiosidad ante una diferencia. De hecho, la diferencia y la novedad son las únicas cualidades que se le pueden adjudicar a todos los objetos interesantes. Ngai describe un placer calmo, un afecto de poca intensidad que está siempre al borde de aburrir. En el otro extremo, en la acumulación sin fin, cuando la intensidad emocional incrementa y se ve rebasada, está la experiencia patológica de lo interesante: la obsesión.
La política como hobbie es del orden de lo interesante. La politización como forma de entretenimiento o como forma de expresión identitaria, el consumo de política a través de redes sociales, el interés en la política a través de la discusión virtual en podcasts y threads, ya se ha llamado hobbismo político. Una de sus derivas es la formación de una militancia online pseudo-radical que muy fácilmente se envasa en una actitud avant-garde, caracterizada por un delirio que es propio del conspiranoico. En este sentido, la retórica conspiranoica puede ser pensada como una versión obsesiva de lo interesante. En lo interesante tal como lo definimos y en la conspiranoia política la acumulación de evidencias es parte esencial del método de pensamiento. Por otra parte, tienen en común una heterogeneidad en la elección de los agentes involucrados, que en el discurso paranoico responde a la univocidad totalizante de su lógica. Basta pensar en las manifestaciones gráficas de los discursos paranoicos, en las que las pirámides de poder explican el mundo entero según una cadena de mando que preside una figura oculta, con flechas trazando conexiones inesperadas entre agentes diversos. Se puede ver en los memes de los radicales online de izquierda y de derecha: en las retóricas del iluminado, en la imaginería profética, en su fijación torpe por la “geopolítica”. El investigador online puede, en ciertos desarrollos de personalidad, creer posible entender “el funcionamiento del mundo”, más allá de los partidos y, en muchos casos, más allá de las ideologías tradicionales.
Si hoy existe algo así como un investigador independiente online, el producto final de la utopía del libre acceso al conocimiento a través de internet, posiblemente pierda la cabeza en el mundo de las teorías conspirativas. Cuando la saturación de información abruma, se puede acudir a la rotundidad y contundencia de la explicación paranoica. Durante los últimos años, presenciamos cómo foros sociales de internet estilo 4chan funcionaron como intercambio de ideas conspirativas y de afiliación de grupos de derecha. Paradójicamente, en los mismos medios convivieron el desapego irónico de lo políticamente incorrecto y el exacerbamiento emocional de fantasías conspirativas. Lo paranoico, en su pasión fatídica, y lo interesante, en su frialdad irónica, encontraron sus formas específicas de conjugación.
